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Los licántropos violadores


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Melania pone la ropa en el canasto, mientras su hija Neferet, enjuaga las últimas prendas en el arroyo.

El atardecer no puede estar más hermoso: con el cielo despejado, y la temperatura perfecta, ni frío ni calor. El agua se siente deliciosa cuando la tocan, y dan ganas de darse un chapuzón.

Pero el buen humor de Melania no se debe exclusivamente al buen tiempo, su hija Nefi la llena de orgullo. La mira subrepticiamente. Es bastante diferente a ella. Su cuerpo esbelto y su piel blanca las heredó del padre, al igual que sus ojos verdes, y su cabello rubio. Lleva un vestido verde, bastante viejo que solo usa para hacer lo quehaceres domésticos, y lavar la ropa, y un delantal blanco. Aun así, a Melania le parece una princesa. Va a ser una excelente esposa, se dice, y el instinto maternal hace que se sienta embargada de tristeza y orgullo simultáneamente. La va extrañar mucho ¿cuándo se convirtió en una mujer? Con su cara inocente no parece tener los dieciocho años con que ya cuenta. Neferet la mira, como si sintiese su mirada clavada en la nuca, y le devuelve una sonrisa. Estruja la ropa para secarla lo más posible, y la sacude en el aire. Varias gotas pequeñas salpican su cara. El sol brilla en su rostro. Es demasiado hermosa, piensa Melania. Era evidente que apenas tuviese edad para casarse, todos los solteros de la aldea intentarían desposarla. Cómo iba a extrañarla.

-¿Estás bien mami? – le pregunta Nefi, apoyando la mano en su hombro.

- Si, hermosa. – le contesta ella.

Por suerte su futuro marido, Kilian, es un buen hombre: trabajador, responsable, y obediente de las escrituras. No le cabía duda de que llegaría impoluto al altar, al igual que su hija llegaría virgen. Además, provenía de una de las familias más acaudaladas de la aldea. El dinero no era importante, pero mejor que sobre a que falte, piensa Melania.

- Te ayudo mami. – le dice Nefi, después de que puso las últimas prendas sobre el canasto. Lo agarran una de cada lado y empiezan a caminar cuesta arriba, a través de la pequeña colina.

Neferet admira las piernas fuertes y las caderas pronunciadas de la madre. Años de ir al arroyo y volver cargada endurecieron su cuerpo. Ninguna mujer de la aldea tiene piernas tan torneadas como Melania. Y ese pelo negro salvaje, tan diferente al suyo, le encanta.

Una sombra mancha el bello paisaje verde y azul. A lo alto de la colina las espera un lobo enorme. Tiene el pelo gris, y se le ven los colmillos enormes.

- Mami… - balbucea Neferet.

- No digas nada. Retrocedamos despacio. – le dice Melania, agarrándola de la mano.

Pero el lobo salta sobre ellas y las empuja. Madre e hija ruedan colina abajo, y van a parar hasta la orilla del arroyo.

Están arañadas por las piedras pequeñas que bordean el arroyo. Melania está atontada, ve todo nebuloso. Apenas alcanza a reconocer el pelo amarillo de su hija que se para dificultosamente a su lado.

A Nefi se le hace un nudo en el estómago. Sus piernas no pueden moverse, sólo atinan a temblar. El lobo que las había atacado está a unos pasos y se acerca a su madre, que todavía está tirada en el piso con su cabeza dando vueltas. Nefi piensa que este es el fin. El peor fin que pudiese imaginar. Vería impotente cómo devoraban a su madre, para luego ser ella masticada por ese lobo salvaje.

El lobo se acerca a Melania, quien solo se percata de su presencia cuando ve una oscura imagen borrosa abalanzarse sobre ella. Una pesada pata con garras afiladas se apoya en su pecho. Melania siente el frío del filo raspar su piel, llora y se mea encima. Nefi continúa petrificada, y cuando sus piernas le obedecen y dan un paso imprudente hacia donde está su madre, nota que otros tres lobos la están acechando. Suelta un grito desesperado, y cuando se percata de que hasta ahora no habían pedido auxilio, suelta otro grito salvaje que hace salir a los pájaros de sus nidos. Sin embargo, la casa más cercana está a varias leguas, y sólo la improbable presencia de un caminante forastero podría salvarlas.

El lobo que estaba encima de Melania acerca su hocico babeante a la teta que no está atrapada por sus garras. La lengua lame la parte desnuda dejando una horrible capa viscosa, y luego abre la boca y cierra sus dientes sobre la tela del vestido.

Neferet observa horrorizada, pero se sorprende mucho cuando nota que el lobo solo arranca la tela del vestido. Ningún vestigio de sangre en el hocico. Uno de los tres lobos que la rodeaban se pone detrás suyo y mete la cabeza por debajo de su vestido. Le huele el trasero como lo hacen los perros, y luego se lo lame empapando sus calzones. Nuevamente el miedo la congela. Uno de los otros lobos que tenía adelante arrima el hocico y lame sus piernas, mientras el tercero se une al que está encima de su madre.

Melania comienza a recuperar la visión, y lo primero que ve es la cabeza del lobo en plena metamorfosis. El hocico se aplana, los colmillos se caen al suelo, el pelo se mete adentro de su propia piel, las garras se convierten en uñas, y las patas, en manos y pies. Suelta un grito desgarrador que deja un eco resonando.

Nefi ve la imagen incrédula, mientras los lobos siguen lamiéndole el culo, y ahora también el sexo. No se había percatado de que se deshicieron de sus calzones porque está tan impresionada por lo que ve, que no está segura si está en la realidad o soñando. Los lobos que rodeaban a su madre se transformaron en extraños hombres de piel marrón. Su cara era de rasgos aborígenes, muy parecidos a los que aparecían en los libros de historia, y sus cuerpos parecían esculpidos en piedra, con los músculos increíblemente marcados, y todas sus extremidades eran enormes. Los dos estaban completamente desnudos, y el que hasta hace unos instantes, estando en su forma de lobo, dejaba las tetas de su madre al desnudo, ahora se la mamaba. Nefi nunca había visto algo así: dos hombres desnudos, enormes, imponentes, estaban encima de su madre. Un calor confuso recorre su cuerpo, y se da cuenta de que es producto de lo que está viendo, y de los masajes linguales que recibe de los lobos. Baja la mirada para ver a los animales, y nota que también se habían convertido en hombres. Tienen el pelo más negro que la noche, muy largo y enmarañado. Su piel oscura es totalmente diferente a los aldeanos con los que vivió toda su vida. Ambos le siguen devorando el culo y el sexo mientras los inspecciona con detenimiento.

Melania, por su parte, cree estar enloqueciendo.

- Li… Lican…. Licantro… pos. – alcanza a decir, con la voz temblorosa, mientras los lobos, ahora hombres le arrancan a tirones el vestido, dejándola tan desnuda como ellos mismos.

Tienen las manos ásperas y grandes, y con ellas la llevan unos pasos más alejados del arroyo, donde hay pasto, y la hacen girar y la ponen boca abajo sobre él.

Nefi está recibiendo masajes y besos que sabe prohibidos. No va a llegar virgen al matrimonio después de todo, pero por lo visto la cosa no es tan terrible como parecía al principio, al fin y al cabo, quizá no morirían. Se aferra a esa idea para enfrentar con dignidad la situación. A unos pasos está su madre con los otros dos licántropos. Nunca hubiese imaginado verla en una situación tan obscena. Le chupan las nalgas y la espalda mientras Melania se retuerce inútilmente para zafarse. Uno de los hombres marrones le mete un dedo en el culo, y Neferet casi al instante siguiente siente como su propio ano es invadido por un dedo grande y áspero, da un respingo, y suelta un gemido extraño que nunca antes había salido de su boca. Los hombres-lobo la tumban en el piso, la mueven con una facilidad insólita, debido a su enorme fuerza, y ahí descubre sus falos oscuros y venosos. Nunca había visto uno, pero jamás se le hubiera ocurrido que podían ser tan grandes. Le fascina su forma un tanto torcida, asimétrica. La cabeza es más gorda que el tronco, y las bolas peludas son de diferentes tamaños. Nota que de ambas vergas sale un líquido transparente y viscoso. Se acerca más y se lleva uno a la boca. Tiene que abrir bastante la boca, y aun así no le entra ni la mitad del sexo del licántropo. Siente el gusto salado, y la textura pegajosa del líquido que estaba largando el falo. Lo succiona y se lo traga, no obstante, cuando se lo saca de la boca, ve que aun larga líquido de la cabeza. El sabor no era agradable, pero sí enviciante, así que saca la lengua y lame la cabeza, haciendo que la bestia con rasgos indígenas largue un suave gemido.

Muy cerca de ella, su madre Melania también está conociendo la verga de los licántropos. Uno de ellos apoyó su pesado cuerpo encima de ella, y ahora la penetra con estocadas cortas y lentas. Aun así Melania grita cada vez que es penetrada. El miembro es demasiado grande, incluso para su cuerpo voluptuoso y su sexo generoso. La piel se frota contra el pasto, mientras es ultrajada por la bestia marrón. El otro los miraba con fascinación, pero viendo la mamada que Nefi le hace a sus violadores, también quiere conocer semejante placer, así que se arrodilla frente a Melania, y en unos de sus gritos le hace tragar la verga. Melania no puede evitar morder el sexo monstruoso que tiene en su boca, ya que las embestidas de otro la hacen moverse mucho, pero la piel gruesa del licántropo lo protege de los pequeños dientes de Melania. En uno de esos movimientos ve como su hija se mama una verga, mientras el otro licántropo entierra su lengua en el ano. No parece en absoluto forzada. Siente asombro y alivio por su virginal hija. No se hubiese imaginado que Nefi enfrentase ese trágico momento tan bien, no actuaba como una chica inocente a punto de casarse, pero por otro lado era mejor así, de esa forma el recuerdo no sería tan traumático.

Mientras su hija seguía tragando verga, la misma Melania se permite relajarse un poco. Acompaña las embestidas del licántropo con movimientos pélvicos, y su sexo comienza a humedecerse.

Durante un buen rato son revolcadas de acá para allá a merced de los licántropos. A Nefi le abren las piernas y le meten la enorme verga hasta el fondo. El otro sacude el sexo en su cara, y estalla en un bestial orgasmo, empapándola de semen. Melania ya está disfrutando de la vejación. En un momento, entre sacudida y sacudida, madre e hija quedan cara a cara, y casi sin reconocerse, y llevadas por el calor del momento, se dan un tierno beso en la boca. Melania saborea el semen del hombre-lobo de la cara de su hija. La lame una y otra vez hasta tomarse la última gota, y cuando ve el rostro impecable de su hija, recobra el juicio por un instante, sólo para sentir horror de sí misma. Nefi, en cambio, parece notar la turbación de Melania, y le regala otro beso, como para calmarla, mientras le acaricia cariñosamente la cabeza.

Ambas siguen poseídas por los licántropos. Están completamente desnudas, arrodilladas sobre el pasto, bajo el sol del atardecer que ya empieza a ocultarse. Es entonces cuando una voz masculina irrumpe en la orgía.

- ¡Nefi! – grita alguien a lo lejos. Neferet lo escucha, y con la verga todavía adentro suyo, mira hacia arriba y reconoce la cara de su futuro esposo Kilian.

Kilian está en lo alto de la colina, y ve horrorizado el espectáculo que se desarrolla a un costado del arroyo. Su futura esposa y su suegra están en plena orgia con cuatro hombres enormes, de piel oscura. Ve a Nefi levantar su cabellera amarilla para observarlo, pero el hombre que está encima de ella hace un movimiento pélvico, enterrándole la verga, cosa que hace que ella largue un gemido de placer mientras está cruzando la mirada con Kilian.

No puede ser, piensa. Seguro las están obligando. Ve las prendas femeninas desparramadas y rotas, tiradas en diferentes partes. Sí, las están violando, reafirma, no puede estar pasando otra cosa, esa cara de placer de Nefi debe ser solo mi imaginación, se dice. Eran cuatro hombres, pero él tenía una escopeta. A ver de qué les servían esos músculos con un balazo en la cabeza.

Baja la colina corriendo, con los ojos destellando ira. Pero en un momento da un mal paso, se tuerce el pie, y cae rodando hasta los pies de uno de los licántropos. Se desmaya un instante y cuando despierta, siente el pesado pie en su tórax. A sólo uno centímetros, está Nefi, totalmente dominada por una excitación novedosa. Si hasta ahora venía sintiendo un calor que disfrutaba, ahora parecía que dentro suyo había un volcán a punto de explotar, todos sus músculos se tensaron mientras el licántropo seguía entrando y saliendo de su sexo. Vio a Kilian tirado, haciendo vanos esfuerzos por levantarse. Sintió pena por él, pero también sintió desprecio. Era un alfeñique al lado de esas bestias que la estaban poseyendo. Ya no pudo contenerse más, su primer orgasmo ya quería ser expulsado. El calor era sofocante, principalmente en su sexo. Gritó muy fuerte, como loca, y acabó, mirado a Kilian a los ojos. Su futuro marido no pudo hacer nada más que llorar.

Melania también estaba a punto de acabar. Estaba tan excitada que ni había reparado en la presencia de Kilian. Sus rodillas estaban sangrando de tanto rasparse contra el suelo, mientras recibía las embestidas del licántropo. El otro ya había acabado, eyaculando en su cara, y ahora observaba satisfecho cómo su compañero la penetraba. Las piernas gruesas y musculosas les servían a esas bestias para que sus movimientos pélvicos sean salvajes y potentes. Melania recibió el sexo de su agresor una y otra vez, cada vez con más fuerza, hasta que no pudo más y acabó, bañando la verga del hombre-lobo con sus fluidos vaginales.

Kilian seguía tirado en el piso, aprisionado por uno de ellos, sin aceptar lo que estaba sucediendo. Terminó por convencerse de que todo era una pesadilla. Pero ya tendría tiempo de darse cuenta de que estaba equivocado.

Uno de los licántropos, el más joven y fuerte, cargó a Neferet y la tiró encima de su novio. Él la abrazó, convencido de que estaban a punto de ejecutarlos y que era el último momento en que estarían juntos, pero el licántropo se puso en cuclillas encima de ellos, y comenzó a penetrar a Nefi nuevamente. Ella sentía placer en cada penetración, y su cuerpo se sacudía encima de su prometido. Ahora Kilian sentía en su propia carne cómo violaban a su novia, y para poner peor las cosas, Nefi no podía ocultar lo que sentía cuando el enorme pedazo de carne entraba en ella. La poseyeron una y otra vez encima de su novio, y eyacularon tanto encima de ella como de Kilian.

Cayó la noche. Los licántropos recuperaron su forma de lobo y se marcharon, sigilosos, dejando atrás a las mujeres agotadas por los orgasmos, y al hombre, enloquecido.

Fin

(8,93)

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