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Mi nueva vecina Milf (Parte 5): La perfecta medicina II


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Seguíamos en la cama con Ana, su cuerpo pegado con el mío, mirábamos una película, mientras ella acariciaba mi cabello, mi mano recorría la curva de su cintura y de su preciosa cola. Metí la mano por debajo de su calza, tocando ahora la piel suave y caliente de sus nalgas. Ella empezó a besarme el cuello mientras su respiración se agitaba. Nuevamente mi pene se puso tieso, marcándose en todo su esplendor por debajo del jean. Esta vez, sin retrasos, Ana poso su mano sobre mi bulto.

—¿Estás listo de nuevo mi amor? —Me dijo. Mientras acariciaba mi bulto.

—Me pones tan caliente. Ni esta gripe de mierda me llega a dar tanta fiebre como vos —Le respondí.

De verdad en un segundo mi calentura subió a tope, las ganas de tener mi pene de nuevo, una y otra vez dentro de su vagina, no se sacian nunca. Quería cogérmela toda la noche, aunque sabía que en algún momento mi cuerpo se rendiría por los medicamentos y el doble cansancio que me provocaba estar enfermo. Pero esta mujer hacía que me olvide de todo. Manoseé sus senos con toda intensidad. Ella no dejaba de masajear mi miembro atrapado por ese maldito jean.

—¡Espera un ratito! —Me dijo. Frenando mis movimientos.

—Traje algunas cositas para hoy. Regalitos para mi hombre. ¡Esperame acá y ni te muevas! —Continuó.

Me dio un beso y se levantó de la cama. Yo obedeciendo me quedé quieto esperando por la sorpresa. Tomó su bolso que había dejado sobre mi escritorio y salió de mi habitación. La espera se hacía eterna, pero valió la pena. La vi entrar nuevamente a mi habitación y quedé atónito. Se había disfrazado de porrista de futbol. Pollerita corta negra, que apenas tapaba sus nalgas, medias de red negras y zapatos taco aguja negros. Arriba, una camiseta de Argentina, apretada al cuerpo y cortita, solo un poco debajo del ombligo. Sumado a que se había pintado los labios de rojo, un rojo intenso y delineado sus ojos. Todo a la perfección para que me dé un infarto.

—¿Te gusta mi amor? —Me preguntó mientras posaba para mí.

—Lo vi en una foto y me pareció sexy, pero no sabía si algo así me iba a quedar bien a mí. Estaba en duda si ponerme así para vos o no— Continuó diciéndome, mientras se apoyaba contra mi ropero.

Yo estaba perplejo admirando dicho espectáculo. No me salían palabras para decirle. No creo que hubiera palabra alguna para hacerle saber que mi calentura estaba a tope. Mi pene en cualquier momento atravesaría mi ropa de lo tieso que me había puesto. Tomé mi celular y me dispuse a sacarle fotos. Ella posaba para mí como toda una modelo erótica. Ana comenzó a tocarse lentamente, sus senos, su abdomen bajando hacia su vagina para luego subir y repetir la operación, yo la filmaba mientras disfrutaba al máximo del show.

—¡No me dijiste si te gustaba o no! —Me volvió a insistir Ana.

Me desprendí el botón del jean y me baje la bragueta, saqué mi pene afuera, en su mayor esplendor, duro como piedra.

—¡Me gusta! ¿A vos que te parece? —Le pregunte. Haciendo referencia a mi miembro tieso.

—A mi me parece que hay algo ahí que requiere atención —Me respondió.

Me levante. Me acerque a ella que estaba contra el ropero. La tome con fuerza y la coloque de espaldas hacia mí. Acaricié sus nalgas con apremio, mientras que con una mano, sujetaba su cara contra la puerta del ropero. Ana se entregaba a mi sumisión sin protestas, gimiendo con cara caricia que mi mano arremetía en su cola. Con fuerza moderada empecé a darle nalgadas, mi mano abierta asestaba golpes certeros que resonaban en la casa.

Me agaché y bese sus nalgas, me las comía como un desesperado. Corrí su tanguita e hice lo mismo con su vagina. Ella ya estaba completamente mojada. El gusto era perfecto. No quería dejar de probar su vagina. Ana gemía cada vez más fuerte mientras me agarraba del cabello.

—¡No aguanto más! ¡Metéme esa pija! —Me dijo entre gemidos.

Sin tardar me paré, le separé las nalgas, tomé mi pene y fui entrando en su vagina súper mojada. Apreté su cara de nuevo contra el ropero y con la otra mano me aferré a su cintura. Sus nalgas golpeaban contra mi pelvis mientas arremetía dentro de ella. No tardó mucho en avisarme que quería venirse. Me suplicó que la dejara correrse. Tomé su mano y la coloque en su vagina. Mientras yo seguía con mis movimientos, Ana se masturbaba.

Sentí como un flujo empapaba aún más todo. La cara tensa de Ana pronto empezó a relajarse. Saqué mi pene de su vagina. Besé su cuello mientras ella reía del cosquilleo que le provocó el orgasmo. La puerta del ropero estaba mojada de su transpiración. Caminó hacia mi escritorio, se subió en el llamándome. Me acerqué a ella, le abrí las piernas y volví a meter mi pene dentro de su preciosa vagina. Parecía que mi miembro apenas cabía allí. Estaba mucho más apretada que al comienzo.

—¡Sé que te dije que no ibas a hacer nada hoy, pero dale otro orgasmo a tu puta, por favor! —Me suplicó Ana.

—¡Después, de premio, me meto tu pija en la boca para que me des tu leche! —Continuó.

Sus palabras me desencajaron. Comencé con miedo mis movimientos dentro de ella. Estaba muy caliente ya. El miedo era a no poder aguantar eyacular antes de que se corriera una vez más. Puse toda mi concentración en ello. Mi miembro entraba casi por completo dentro de ella, para luego salir hasta el glande, para luego volver a entrar. Me aferraba a su cintura con fuerza. Mientras Ana gemía tan fuerte, que se escuchaba en toda la casa.

Puse sus pies sobre mi hombro derecho, su vagina quedó aún más apretada. Sus medias de red se veían tan excitantes forrando sus piernas. Y sus tacos sobre mis hombros, ni hablar. Mis movimientos eran cada vez más profundos. Los senos de Ana, sin brasier, por debajo de la camisetita de Argentina, saltaban al ritmo de mis embestidas. Ya casi no podía aguantar más la eyaculación. Por fin, Ana pronuncio las palabras mágicas “voy a correrme”.

Su cara se tensó, me apretó dentro de ella, pudiendo sentir nuevamente como todo se ponía mojado de sobre manera. Un largo suspiro fue relajando su preciosa cara. Ella estaba completamente transpirada. Era tan rico verla así. Quite mi pene de su vagina. Ella abrió sus piernas. Ana comenzó a masturbarme. Sus manos calientes recorrían todo el tronco de mi miembro. No aguantaba más. Me entregué a eyacular sobre su vagina.

—¡Ya quiero darte mi leche putita! —Le dije. Con lo poco que me quedaba de aliento.

—¡Dámelo acá amor! —Me dijo. Colocando el glande de mí pene en la entrada de su vagina.

Sentí como los espasmos controlaban mi cuerpo. Chorros y chorros de semen cayeron sobre los labios de su vagina, empapando su tanga que estaba corrida hacia un lado. Cayendo también sobre el escritorio. Mi cara tensa comenzó a relajarse a medida que Ana me sacaba hasta la última gota con sus manos. Su maquillaje estaba corrido completamente por la transpiración. En fin, los dos estábamos hechos un desastre. Tomé una toalla y se la pase. Ella se limpió lo que pudo, yo hice lo mismo luego.

Parados frente a frente, Ana me beso intensamente. No podíamos creer lo que estábamos viviendo juntos.

—¡Sacáte eso, vamos a bañarnos! Le dije.

Ana se desvistió, quedando solo en tanga y corpiño. Ambos subimos al baño para disponernos a darnos un buen baño juntos...

—Alexander0022—

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