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Cuando un hijo comienza a ver con otros ojos a su madre (2)


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Alfredo despertó solo a la mañana siguiente, el sol en su cara no lo dejaba abrir bien los ojos hasta que se acostumbró a la luz y de inmediato vinieron recuerdos a su mente como si todo se hubiese tratado solo de un sueño, pero amanecer en la cama matrimonial de sus padres, su cuerpo completamente desnudo y el olor a sexo de la noche anterior le hicieron darse cuenta rápidamente que todo había sido real.

Tomó el reloj de una de las mesitas al lado de la cama y se dio cuenta que pasaba de medio día, era tardísimo, así que busco su bóxer en el piso y se puso la camiseta de dormir que se encontraba entre las sabanas y salió de la habitación.

Alfredo y su familia vivían en un pequeño departamento con los muebles básicos únicamente así que no le costó trabajo ubicar a su madre en la cocina quien se había despertado quince o veinte minutos antes para preparar el desayuno. Susana estaba radiante, se le veía feliz y sonriente como nunca antes, ella vestía también una camiseta holgada que en ocasiones usaba para dormir, estaba descalza lo cual daba una clara dimensión de su menudo pero hermoso cuerpo.

Alfredo no sabía cómo actuar, la actitud relajada y feliz de su madre le decía que siguiera adelante y que el trato debería ser ahora como de quien habla con su pareja, pero por otro lado sabía que esa bella mujer seguía siendo su madre y que merecía todo su respeto por lo que decidió esperar a que Susana diera el primer paso.

Susana volteó a mirar el rostro de su hijo y con una sonrisa pícara le dijo:

—Ahora sí que nos pasamos, casi iba a amanecer cuando nos quedamos dormidos y mira ya en lugar de desayuno casi va a ser comida.

—Sí, eso veo, ya casi va a ser la una.

—Ve a sentarte para servirte. Ya está listo todo.

Alfredo fue a sentarse extrañado que todo fuera casi normal, cuando su madre le servía el desayuno pudo notar que Susana no traía ropa interior, la playera dejaba notar por momentos sus pechos sueltos y con el caminar alcanzaban a asomarse sus nalgas. Cuando terminó de servirle, Susana se inclinó y le dio un pequeño beso de piquito en los labios a su hijo y solo agregó:

—Anda come.

Los dos desayunaron sin decir mucho, pero no se sentía un ambiente tenso, todo lo contrario, ambos necesitaban recuperar energías. Terminando el desayuno Alfredo fue a la sala a ver un poco de televisión, Susana al igual que todos los días recogió la mesa y comenzó a limpiar, pero con la diferencia de que Susana se sentía viva, sexy, coqueta, la vida le había vuelto a los ojos y sin duda que se veía más hermosa.

Terminando de limpiar Susana se fue al sillón con Alfredo para ver la tele, pero ella, como si se tratara de una novia adolescente, se subió al sillón con ambas piernas recogidas y se afianzó del brazo de su hijo. Alfredo al ver la naturalidad y felicidad de su madre no hizo más que entregarse nuevamente a la situación para dejar que las cosas se dieran solas. Así estuvieron por un buen rato, no era necesario decir palabras, siempre habían sido amigos y cómplices, en las buenas y en las malas, sabían comunicarse con una mirada y hasta con el silencio.

Susana rompió el momento para retomar las cosas donde habían quedado la última vez:

—Hay que bañarse, no quiero que me hagas caras porque huelo feo.

—Tú nunca hueles feo, pero sí hay que bañarnos.

—Te voy a dar un buen baño, espero no tener que corretearte como antes.

Susana se levantó del sillón y de un breve movimiento se sacó la camiseta quedando completamente desnuda, Alfredo estaba como hipnotizado por ver el cuerpo de su madre ya que lo ocurrido la noche anterior había sido con muy poca luz, así que solo se había deleitado con su silueta. La mirada de Alfredo fue directo a la pelvis de su madre, ese hermoso clavel color castaño a la mitad de su cuerpo destacaba de su piel blanca, pero sus pechos de tamaño medio, aún firmes y su cabello también castaño claro en el que apenas y se distinguían algunas insipientes canas completaban tan maravilloso cuadro. Susana dio media vuelta y se dirigió al baño, la excitación de Alfredo terminó de consumarse al ver el pequeño pero bien formado trasero de su madre moviéndose rítmicamente en un andar sexy que nunca antes había visto.

Susana por su parte se sentía libre y rejuvenecida, el amor que sentía por Alfredo y su naciente deseo por ese muchacho espigado de piel morena que era su orgullo, se notaba en sus movimientos, en su voz, en el ronroneo que suele haber en la voz de los enamorados. Susana era consciente de lo que estaba pasando, no era ninguna zorra, una MILF, o cualquier tipo de personaje obsceno, simplemente era una mujer digna de ser amada y respetada, una mujer que aún podía provocarle deseos a un hombre, y que mejor que al hombre al cual amaba con todo su corazón.

—¿Vienes o voy por ti con la chancla? —dijo Susana entre risas.

—Ya voy

Alfredo se quitó rápido el bóxer y la camiseta y con el pene duro como piedra se dirigió al baño que tenía la puerta totalmente abierta. Susana se dio cuenta de la erección de Alfredo, y haciendo uso de todas sus fuerzas trató de no lanzarse por ese pedazo de carne que deseaba con ansias y le extendió la mano invitándolo a pasar a la regadera.

—Métete, esta rica el agua.

Cada uno comenzó a lavarse el cabello a sí mismo, no era una situación erótica sino de juego, dos niños disfrutando del agua...

—Enjuágate bien las orejas! —dijo Alfredo, al momento que aventaba un poco de agua a la cara de Susana

Los dos se rieron y buscaron sus bocas para darse un beso, el cual despertó nuevamente el deseo y de forma muy sensual ambos comenzaron a enjabonarse sus cuerpos mutuamente, Alfredo se puso atrás de Susana y acariciaba su espalda con la palma de su mano, después deslizaba sus manos para enjabonarle los pechos aprovechando en apretar sus pezones erectos, mientras que su pene jugaba a meterse entre las nalgas de Susana, aunque esto con cierta dificultad por la diferencia de estaturas. Después de un rato de dejarse bañar por Alfredo, Susana tomó shampoo y lo frotó por el pecho de su hijo, lo rodeó por su espalda y enjabonó el esbelto trasero, sin resistir más y aprovechando la casi erección de Alfredo en ese momento se puso más shampoo en una mano para lavarle el pene a modo de masturbación.

Enjuagaron sus cuerpos y salieron de la ducha, ambos sudando un poco por lo caliente del agua y por lo caliente de la situación. Ambos salían del baño sabiendo y anhelando lo que seguía, Alfredo se dirigía de nuevo a la recamara de su madre cuando Susana lo detuvo diciendo:

—Vamos a tu recamara, al rato pongo en orden la mía.

Ya en la habitación de Alfredo se sentaron en la pequeña cama individual, se quitaron las toallas quedando completamente desnudos, pero Alfredo con mucha delicadeza tomó una de las toallas y comenzó a secar el cuerpo de su madre, le secó el cabello, la espalda, el pecho y el vientre, pasó la toalla por las piernas y en un gesto de total entrega se puso de rodillas en el piso, tomó una pantorrilla secándola hasta la punta del pie e hizo lo mismo con la otra pantorrilla. Vaya acto de amor desinteresado de ese muchacho, jamás nadie le había dado un detalle de ese tipo a Susana, quien tuvo que contener una lágrima de felicidad.

Susana hizo lo mismo, solo que a diferencia de Alfredo, ella le pidió se pusiera de pie. Secó su cuerpo de arriba a abajo, y regresándole el bello gesto se puso de rodillas para secarlo hasta los pies, pero Susana fue mas allá, y en esa posición comenzó a dar pequeños besos en las piernas de Alfredo provocándole una nueva erección. Sin dudarlo Susana se metió a la boca el pene erecto de su hijo sin meter las manos, después se sujetó de sus piernas para iniciar con un movimiento rítmico.

No sabría describir quién disfrutaba más, si Alfredo sintiendo la boca tibia y la lengua juguetona de su madre o Susana, quien ahora con las manos en las nalgas de Alfredo no dejaba de chupar y mover su cabeza rítmicamente devorando ese tronco caliente con sabor a líquido pre-seminal, de vez en cuando Susana retardaba el movimiento para elevar su mirada y ver la cara de satisfacción y placer de su hijo. Cuando Alfredo sintió terminar quiso salirse de la boca de su madre pero ella no lo dejó y como tenía sus manos en las nalgas de Alfredo no tuvo escapatoria y eyaculó como nunca en la boca de Susana, algo del semen fue directo a su garganta mientras que otra parte se quedó en su boca y en sus labios, con gestos provocativos Susana devoró sin desperdiciar gota todo ese líquido.

Alfredo sintió la responsabilidad de recompensar a su amada, así que cargando su menudo cuerpo lo tendió sobre la cama, quiso ir directamente a lamer esa vagina notablemente húmeda, pero la tentación de chupar primero esos pechos y esos pezones erectos era mayor, así que se prendió de ellos como si estuviera alimentándose nuevamente de la leche materna de Susana quien no podía aguantar más la necesidad de sentir a Alfredo dentro de ella, pero su deber de madre le hacía pensar primero en el placer de su hijo.

Por fin Alfredo pasó de los pechos a la vagina de Susana, que visión, a pesar que en su encuentro anterior ya se había deleitado con los jugos de su madre, Alfredo podía ahora disfrutar de mirar de cerca, de oler, de dedicarse con más calma al placer de su amada, estaba decidido a hacerla llegar al cielo.

Susana abrió sus piernas de par en par facilitando la tarea de Alfredo, quien lamia y lamia y lamia., de arriba hacia abajo, en movimientos circulares, abriéndole los labios, chupándole el clítoris, metiéndole un dedo con el cuidado de no lastimarla ni de romper el encanto con una caricia fuera de lugar. Alfredo sintió como Susana se prendió con fuerza de su cabello, le dolía pero era evidente que había logrado su objetivo y un torrente tibio mojó la cara del joven amante. Susana no paraba de tener espasmos, estaba como nunca antes, hacía un extraño sonido como de risa, pero interrumpido por la falta de aire, cuando pudo recuperar el aliento le dijo a su hijo:

—¿Dónde aprendiste?

—Aquí contigo mamá, nunca te había dicho pero, hasta anoche, yo era virgen.

—¿Por qué mi niño? ¿No te gusta ninguna chica?

—Hay varias chicas lindas, pero desde la secundaria me he masturbado pensando en ti. Siempre te he querido solo a ti.

—Y yo solo te quiero a ti mi vida.

Los dos se abrazaron como reconociendo que eran el uno para el otro.

—Vístete, vamos a la calle a comprar algo para comer más al rato. —Dijo Susana con su acostumbrada voz maternal, después de hacer una breve pausa y cambiando el tono de voz agregó— porque cuando regresemos ya no me quiero volver a vestir.

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