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Cuando hace frío, los amigos siempre están ahí para cuidarse


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Esto es algo que me pasó hace tan solo unos días. Tengo que agregar que en mi país el colegio son seis años, por lo que yo y todos (la mayoría) ya somos mayores de edad, sin embargo seguimos allí. Y también para proteger la identidad de los mencionados aquí voy a cambiar sus nombres.

Era viernes por la mañana cuando estaba llegando al colegio. Era una mañana fría de finales de invierno, por lo que iba bastante abrigado, al igual que todos. Iba caminando con mis dos mejores amigos, Jose y Pedro por el pasillo de mi colegio, cuando Camila se acerca a dónde estábamos.

— Eh, Marcos, hoy no voy a poder salir.

Camila y yo habíamos planeado para que yo fuera esa tarde a su casa. Aunque no lo habíamos dicho directamente, ambos sabíamos a lo que íbamos.

— Mi abuela va a venir hoy, por lo que mis padres han cancelado sus planes y se van a quedar en casa.

Yo no le discutí, por lo que dijimos que lo íbamos a hacer mejor otro día.

—¿No quieren hacer algo hoy en la tarde?—le dije a Jose y a Pedro—. Cómo vienen de ver tenía planes, pero se han cancelado.

Ellos aceptaron, por lo que ahora sólo quedaba ver qué hacíamos. Después de un rato quedamos en que iríamos por unas cervezas e iríamos a la casa de Pedro, ya que este tenía un gran sótano el cual usábamos como “sala de chicos”.

Esa tarde después de ir a comprar las cervezas nos fuimos a su casa. Sólo éramos Jose, Pedro y yo.

Cuando entramos o primero que sentimos fue una gran ráfaga de calor debido a la calefacción de su casa. Por lo que nos quitamos todos los abrigos y nos quedamos en camisetas de tirantes y unas pantalonetas que Pedro nos prestó, aunque aún sentíamos aquel gran calor.

Después de varias cervezas ya estábamos lo suficientemente mareados para no poder seguir jugando ping pong, aunque aún no estábamos borrachos. Nos habíamos sentado en los sillones y habíamos encendido la tele. Después de un rato nos habíamos aburrido y comenzamos a hablar de las cosas que siempre hablábamos cuando estábamos borrachos, aunque esta vez no lo estábamos.

Yo era el único de los tres que no estaba con una mujer. Porque aunque ellos tampoco tenían novia sí que estaban con una. Pedro desde hacía unos meses que estaba con Sofía, una chica de nuestro año pelirroja, y aunque se trataban como si ya lo fueran, aún no eran novios. Y Jose venía de terminar con su novia, y para intentar superarla se había metido con una un curso menor que nosotros, aunque no me sé su nombre.

Estábamos hablando de las mujeres que más atractivas nos parecían del colegio cuando por un momento nos quedamos callados, viendo como a la nada.

—¿ Y nunca han estado con algún hombre?—dijo Jose, el cual era el que estaba un poco más borracho que nosotros dos—. Ya saben, como para experimentar y así.

Aunque no salimos de aquel estado de subconsciencia en el que sólo mirábamos a un punto fijo Pablo y yo respondimos que no al unísono.

—Yo hace unos días casi lo hago.

Fue ahí cuando Pablo y yo lo volvimos a ver extrañados. Él por nuestras caras entendió que queríamos saber qué había pasado.

—Fue dos días después de terminar con… —dejó la frase en el aire—. Había salido, y admito que me había pasado un poco de tragos. Pero en eso un tipo se me acercó y me comento a decir que estaba guapo y otras cosas. Yo al principio le dije que no era gay y que no me interesaba. Pero a él no le importó y siguió. Después de un rato más de que me insistiera accedí. No sé ni en qué estaba pensados. Ustedes dos saben que no soy gay, pero en ese momento estaba muy borracho.

Pablo y yo veíamos cómo Jose nos relataba su historia un poco avergonzado.

—No me acuerdo ni cómo pero en eso estábamos en su apartamento. Yo me sentía incómodo, pero en eso él se me acercó y me comenzó a besar. Al principio no sentí nada, estaba demasiado borracho como para pensar. Él me quitó la camisa, seguía sin reaccionar. Él me bajó los pantalones, seguía sin reaccionar. Pero cuando comenzó a tocar mi pene y a bajarme la ropa interior dejando ver mi pene, ahí reaccioné. Diciéndole que no era gay me volví a poner toda la ropa y salí de allí corriendo.

Cuando terminó de contarnos la historia los tres nos quedamos callados, mirando fijamente a Jose.

—Y no sé ni qué pasó, pero desde ese momento me he estado preguntando cómo sería estar con un hombre.

—Yo también me lo he preguntado —me sorprendí diciendo.

Silencio. Otra vez nos volvimos a quedar callados mirando un punto fijo.

—¿Y si probamos? —esta vez fue Pedro quien rompió el silencio— podemos probar entre nosotros. Y lo que pase hoy aquí, se queda aquí. Nunca volvemos a hablar de ello.

Aunque ni Jose ni yo dijimos nada vi que él estaba asintiendo lentamente. Y me sorprendí a mí haciendo lo mismo.

—¿Entonces…? —dijo Pedro como dejando la pregunta en el aire— ¿Lo hacemos?

—Está bien —dije yo un poco inseguro

—Hagámoslo —dijo un segundo después Jose en el mismo tono.

Como ninguno de los tres es (o al menos era) gay no teníamos ni idea de qué hacer. Pero después de unos momentos decidí hacer lo que habría hecho con cualquier chica. Acerqué mi rostro al de Jose y después de un segundo de duda pegué mis labios con los suyos. Al principio no fue más que el roce de labio contra labio, pero después de unos segundos esto evolucionó a pequeños besos un poco inseguros. Pero después de agarra un poco más de confianza esto se volvieron a transformas en unos más apasionados besos, ahora incluyendo lengua y movimientos del cuerpo y las manos. Aquello me gustaba, su lengua rozando con la mía, sus manos recorriendo mi cuerpo, el tacto de sus labios con los míos. Después de un rato más así sentí como una tercera mano comenzaba a recorrer mi cuerpo, fue allí cuando me separé de Jose y con una de mis manos tomé la cara de Pedro y la acerqué a la mía. Esta vez no hubo ese momento de duda, desde que nuestros labios se tocaron comenzaron esos apasionados besos como los que venía de darle a Jose. Después de un rato de estar conmigo Pedro se separó, ahora en busca de Jose.

Tengo que admitir que aquella escena me excitaba más de lo que hubiera pensado. Ver a mis dos mejores amigos besarse entre ellos hizo que en mi se despertara un deseo que no tenía ni idea de que existía. Ahora quería más. Por lo que mientras ellos seguían con sus besos comencé a quitarles lentamente las camisas. Primero comencé con Pedro. Mientras iba subiendo su camisa mis manos iban rozando su piel, lo que me dio unos leves y reconfortantes escalofríos. Cuando la levanté hasta sus hombros Pedro y Jose tuvieron que dejar de besarse para poderla quitar bien. Momento que Jose aprovechó para buscar nuevamente mis labios. Ahora le tocaba a Pedro escoger quién sería el siguiente en no tener camisa. Él comenzó a quitarle la camisa a Jose, aunque no lo hizo muy deprisa, dejándome a mí disfrutar un poco más de aquello. Cuando por fin llegó el momento en que nuestros labios se separaron yo busqué rápidamente los de Pedro, esta vez dejando que Jose quitara la única camisa que quedaba, la mía.

Ahora los tres sin camisa me habían vuelto a tocar ser el que se quedara sin besos. Pero ver sus pieles un poco morenas, casi del mismo tono, salvo que la de Pedro un poco más clara me excitaba bastante. Yo, de los tres, era el que tenía la piel más blanca, se podría decir que ellos eran morenos, pero en mi había que decir que yo era blanco tirando a moreno, ya que entre estos dos tonos hay mucha diferencia. Pedro era el más alto de los tres, aunque no somos muy altos, tampoco somos bajos, a excepción de Jose, a quien yo le sacaba poco más de una frente. Pedro me sacaba unos dos centímetros.

Ahora, los tres estábamos allí tirados sobre los sillones, con no más iluminación que la de una lámpara de luz amarilla que se encontraba a varios metros, por lo que La Luz llegaba un poco tenue. Aunque esta era ideal para poder apreciar perfectamente aquella situación, el la que el resto de la habitación quedaba un poco más oscura que nuestros cuerpos, los cuales se podían ver perfectamente.

Yo no me quise quedar fuera de aquella situación por mucho tiempo, por lo que decidí dar el siguiente paso en nuestro experimento. Por un momento no supe si debía hacer primero en mí o en uno de ellos. Pero antes de que me pusiera a pensar por mucho tiempo mi cuerpo actuó antes de que se lo ordenara. Poniendo ambas manos sombre el hombro izquierdo de Pedro comencé a bajarlas lentamente pasando por todo su pecho, hasta llegar a la cintura de su pantaloneta. Moví un poco mi mano izquierda para que quedara del lado opuesto a la derecha. Y comencé a bajar su pantaloneta. Cuando se la quité por completo volví a subir y vi a través de su apretado bóxer cómo su pene estaba bastante excitado. Antes de bajar también su bóxer comencé a jugar un poco con su pene por encima de la ropa interior. Pero sentía mucha curiosidad, por lo que este juego no duró mucho antes de que decidiera bajarle el bóxer también. Esta vez cuando volví a ver, después de sacar su bóxer de sus piernas ya su pene no estaba pegado a su cuero por una capa de ropa más, si no que estaba allí flotando. Tenía sus partes bastante poblada de vello. Me sentía como si estuviera observando un gran árbol desde un helicóptero, que se encontraba en medio de un gran bosque de pequeños árboles. Esta vez mis manos no fueron en seguida por el premio mayor, sino que decidieron de ir poco a poco. Las puse primero sobre sus muslos, por donde comenzaba el vello. Y pegando mis dedos a su piel vi cómo estos avanzaban, abriéndose paso entre aquella gran mata de pelo negro, hasta llegar al tallo de su pene. Mis dedos se quedaron un momento allí acariciando todo su vello. Pero unos segundos después comenzaron a deslizarse hasta comenzar a subir por su tronco mientras se cerraban tomando esta forma cilíndrica. Siguieron subiendo hasta que llegaron a la cabeza, la cual estaba bastante húmeda. Cuando mis dedos hicieron contacto con esta se mojaron las instante. Su pene podía medir fácilmente unos dieciocho centímetros. Un tamaño bastante grande considerando que mi única experiencia anterior gay había sido una vez que había decidido ver cómo era el porno gay, aunque no había durado ni treinta segundos viéndolo antes de quitarlo.

Como no sabía muy bien qué hacer, comencé a masturbar su pene. Se sentía raro tener le pene de otro hombre en mis manos. Pero no era un raro malo, sino un raro de curioso. Quise saber qué se sentiría tener otro. Por lo que sin dejar de masturbar a Pedro intenté bajarle el pantalón a Jose con una sola mano. Pero me di cuenta de que esto no era tan fácil, por lo que tuve que solar el pene de Pedro. Y una vez más repetí el mismo proceso que había hecho unos minutos tras con Pedro, pero esta vez sin para a acariciar su pene antes de quitarle el bóxer.

A diferencia de el de Pedro, el pene de Jose estaba perfectamente rasurado, por lo que al mover mi mano sobre su piel no sentí más que el mismo leve raspón que siento al rasurarme la barba. Como esto no se sentía tan rico como pasar la mano sobre los vellos de Pedro decidí volver a dedicare un momento con ambas de mis manos a aquella increíblemente satisfactoria melena.

Jose y Pedro seguían besándose, más apasionadamente de lo que los había visto jamás besarse con alguna chica. Sus manos recorrían sus rostros y de vez en cuando bajaban hasta sus hombros, antes de volver a subir. Como no pareciera que fuera despegarse pronto decidí que debía entreverme como pudiera.

Puse una de mis manos sobre ambos penes, cerrándolos entre mis dedos. Ahora ya no se sentía extraño, era como si mis manos ya se hubiesen acostumbrado a el tacto de los miembros de otros hombres. Mi mano derecha estaba con el pene de Pedro, y mi izquierda con el de Jose. E intentando que fuera al mismo tiempo comencé a masturbar ambos penes. Pero después de unos momentos me di cuenta de que no era tan bueno con mi izquierda, que me costaba un poco más. Así que nuevamente, mientras ellos seguían besándose, decidí dar el siguiente paso.

Decidí hacerlo primero con el pene de Jose, el cual, pese a no ser pequeño del todo, sí que lo era un poco más que el de Pedro. Puede que fueran unos dieciséis, diecisiete centímetros. Quité mi mano de su pene y acercando mis labios hacia él, lo introduje cuidadosamente en mi boca. Primero sólo la cabeza. Al probar aquel líquido que empapaba toda su cabeza sentí un pequeño dulce en mi boca. Al principio no me gustó, pero después de unos segundos de tenerlo en mi boca, esta se acostumbró a su sabor y comencé a notar que en verdad sí que me gustaba. Así que al agarrar un poco más de confianza decidí comenzar a bajar un poco más mi cabeza. Pero no del todo, al menos no aún. Mientras que con mi legua saboreaba cada centímetro del pene de Jose y succionaba todo lo que pudiera de aquel jugo, con mi mano derecha seguía masturbando el pene de Pedro. Mientras que con la izquierda masacraba sus pelos. Tengo que admitir que aquel vello me tenía como loco, me encantaba cómo se sentía al contacto con mis dedos.

Después de un rato decidí probar qué tan profundo podía ir en aquellas mamadas, por lo que tomando un poco de aire empujé un poco mi cabeza hacia el suelo, introduciendo cada vez más el pene de mi mejor amigo. Logré llegar hasta el fondo sin mucho problema. Seguí chupándosela a Jose un rato más, antes de decidir probar con otra.

Cuando por fin separé mi boca del pene de Jose dejé de masturbar a Pedro. Me levanté y les di la vuelta para poder masturbar bien a Jose con mi derecha. Cuando estaba por meter la cabeza del pene de Pedro en mi boca se me ocurrió una mejor idea. Y desviando un poco mi cabeza seguí bajando hasta llegar a donde comenzaban sus vellos en su pierna. Dándoles pequeños besos y haciendo como si fueran salto comencé a subir. Pero cuando la cantidad de pelos comenzó a subir dejé de dar aquellos pequeño besos y sacando mi lengua comencé a lamer toda la parte de arriba de su pene. Varias veces.

Si no fuera por leves gemidos de satisfacción que de vez en cuando salían de sus bocas juraría que se había olvidado de mi presencia. Estaban tan enzarzados en esos besos que apenas notaban lo que yo les estaba haciendo, o al menos es creía en ese momento.

Dejé de lamer sus pelos y seguí mi recorrido de legua por el tronco de su pene, hasta llegar a su cabeza. Cuando llegó a su destino el delicioso néctar de su pene invadió todo mi paladar. Este no era como el de Jose, su sabor era más dulce, y frutar, como si el de un buen vino se tratara. Comencé a chupar su pene poco a poco. Primero sólo la cabeza, tasajeándola toda con mi lengua. Luego comencé a bajar cada vez más. Después de algunos momentos decidí intentar si me cabía toda, Como la de Jose. Tengo que admitir que pese a ser unos centímetros más pequeña, la de Jose era bastante más gruesa, por lo que pensé que la de Pedro sí que me iba a caber. Pero al intentarlo el resultado no fue el que esperaba. Bajé mas mi cabeza, metiendo cada vez más su polla en mi boca, pero unos centímetros antes de llegar al final me vi obligado a para debido a la opresión que sentía. Por lo que durante un rato más seguí chupándosela a como venía haciendo hasta ahora. Pero algunos momentos después la curiosidad pudo conmigo, y decidí volver a internarlo. Pese a que esta vez sí logró llegar más adentro, aún no pude llegar hasta el fondo. Unos momentos después lo volví a intentar, otra vez el mismo resultado. Y otra vez. Y otra. Hasta que después de varios intentos pude hacer lo que tanto había querido desde hacía rato. Y pude sentir como cuando bajaba mis labios chocaban con sus pelos, dándome un placer extra.

Aunque este nuevo placer no duró mucho. Ya que Pedro y Jose volvieron a notar mi presencia.

—Eh, esto no es justo —Le dijo Pedro a Jose en un tono sarcástico.

—¿Qué cosa no es justa? —le siguió la corriente Jose.

—Que nosotros estemos recibiendo todo el placer y nuestra pobre amigo aquí está siendo como nuestra puta.

Aunque en verdad sí que estaba disfrutando aquello decidí seguirles el juego. Además me había gustado que me llamara puta.

—Ven aquí —dijo Pedro dando unos pequeños golpes sobre el sillón—. Siéntate y disfruta. Ahora nos toca a Jose y a mí ser tus putas.

Obedecí cayado. Cuando me hube sentado noté que yo era el único que seguía con ropa, por lo que me apresuré a quitármela. Pero antes de que pudiera comenzar a bajarme el pantalón Jose tomó mis manos.

—Eso nos toca a nosotros.

Y antes de terminar la frase Pedro ya estaba bajándome los shorts, y cuando los sacó por completo Jose comenzó a bajar mis bóxers. Cuando mi pene salió de ellos salió como si fuera un resorte.

Ahora estaba colgando de mi cuerpo, rodeado por una no muy poblada melena. Aunque no tan rasurada como la de Jose, tampoco era tan grande ni tan majestuosa como la de Pedro. Esto también se podía aplicar a mi pene. Aunque no era tan grande con el de Pedro sí que era la más gruesa de las tres. Además las venas por la enorme excitación que sentía, hacían que pareciera aún más grande.

Me senté yo en el sillón esperando a lo que fuera que ellos dos iban a hacer. Cada uno se puso a uno de mis lados, y a como yo había hecho con Pedro comenzaron a subir por mis muslos y luego por todo mi vello con la lengua. Aunque se sentía extraño también me dio un pequeño escalofrío de placer. Luego ambos comenzaron a subir también por mi pene con sus lenguas. Y cuando llegar a la punto ambos la metieron en sus bocas al mismo tiempo, dándose un beso. El roce de ambas lenguas con mi pene me hacía cosquillas, aunque no tenía ni una sola necesidad de reírme. Cuando volví a ver mis manos se estaban aferrando firmemente a dos almohadas que estaban allí. Sentía tanto placer que a rato, sin que yo lo pudiera controlar, salían leves gemidos. Ambos seguían besándose con mi pene en medio, a veces bajaban por mi tronco y a veces subían hasta mi cabeza, pero en ningún momento deje de sentir aquellas deliciosas caricias.

Después de dos o tres minuto allí ambos se separaron y se cruzaron de brazos. Estaban tan coordinados que recordé que cuando se las chupaba los había oido hablar, aunque no había entendido y no le había tomado importancia pues creí que no se trataban de nada más que de gemidos. Ahora entendía que habían planeado lo que estábamos por hacer, hacía tan solo unos momentos. Ahora sólo me quedaba hacer caso y seguirles el juego.

—Ya te dimos tu placer —dijo Pedro aún cruzado de brazos—. Ahora te toca ser nuestra puta.

Que me volviera a llamar puta me volvió a excitar, incluso más que la primera vez. Yo ya estaba metido en el juego.

—Voy a hacer todo lo que me digan —dije con voz sumisa—. Pero sólo les pido una cosa.

—¿Qué cosa? —preguntó Jose con tono altanero.

—Que no sean compasivos conmigo.

Yo sabía que era nuestra primera vez, o al menos era la mía. Y que al principio de seguro iba a doler. Pero aquello era sólo por probar. Y si era algo que sólo iba a hacer una vez quería experimentarlo todo.

—Veremos qué haremos.

Sugiriéndoles una idea me puse en cuatro patas, con las manos y las rodillas, levantando el culo y abriendo mi boca. Ambos se miraron un momento extrañados, antes de comprender lo que yo les estaba insinuando.

Jose se puso delante de mí dejándome todo su pene frente a mi cara, mientras que Pedro se puso detrás, agarrándome la cintura. Yo me impulsé un momento con las manos, hincándome. Y con las mías cogí sus manos y las bajé hasta mi culo, donde lo apreté bastante fuerte.

—Dije sin compasión.

Y justo cuando volví a la posición de perrito él introdujo su pene en mi culo con mucha fuerza y rapidez. Esto me dolió tanto que no pude reprimir un pequeño grito ahogado. Pero Pedro no paró. Bien, ya había entendido qué es lo que quería. Cada una de sus embestidas me dolía cada vez más. Por lo que para evitar grítate con mi mano derecha tomé el pene de Jose y lo temí en mi boca y lo seguí chupando.

Después de varias embestidas el dolor comenzó a cesar, suplantado por un leve placer, que con cada penetración iba creciendo. Después de un minuto el dolo se había ido casi por completo, ahora solo quedaba placer. Mi cabeza paró de pensar en el dolor y comenzó a concentrarse en un placer extra aparte del del pene en mi boca y n mi culo. Cuando metía su pene hasta el fondo e mi culo, mi piel sentía el taco de sus pelos. Sí, yo sé que soy demasiado necio con el tacto de sus pelos, pero en serio me traían como loco.

Después de un rato más así ambos cambiaron de posiciones. Ahora era Jose quien me la metía por el culo y Pedro a quien yo se la chupaba. La actitud de Pedro cambió radicalmente con su nueva posición. Ahora no me ofrecía su pene con una pasión furiosa, sino que me lo ofrecía de una manera suave y dulce. Como se venía de quitar el condón la piel de su pene había adquirido un leve sabor a látex, cosa que antes no tenía, pero el jugoso líquido que bañaba su cabeza seguía igual.

Seguimos así un rato más hasta que Jose se vino dentro de mi culo. Y no fue hasta que lo hizo que noté que no traía condón. En ese momento no me preocupé por el montó de problema que eso pudo haber causado. Pero algunos días después al hacerme algunas pruebas esa preocupación se fue. Dentro de mi culo sentí cómo la leche de Jose salía disparada, llenándome todo el culo.

Ahora sólo faltábamos dos por venirnos. Como ya dije, yo quería tener la experiencia completa por lo que quería que se vinieran en mi cara. Pero sentía cómo a Pedro aún le faltaba un poco para poder correrse, por lo que paré de chupársela y me acosté sobre el sillón boca arriba y abriéndome de piernas la ofrecí mi culo, esta vez sin condón. Él se montó sobre mí en la famosa posición del misionero y comenzó a penetrarme duro. A ratos bajada un poco su cabeza y me daba un fugaz beso.

Después de unos minutos dijo que estaba a punto de venirse, por lo que rápidamente me levanté y me hinqué sobre mis piernas, dejando su pene justo frente a mi cara.

—¿Ocupas ayuda con eso? —le dije señalando su pene con mi cara.

Él asintió.

Metí su pene en mi boca, para poder saborear aunque fuera por última vez aquel néctar. Y con mis manos comencé a acariciar otra vez su vello. En eso sentí cómo de su pene salía un rayo de esperma. Así que separé rápidamente mi boca de su cara. Y poniendo mi cara justo en frente dejé que sus manos terminaran el trabajo.

De su pene salieron decenas de chorros de espera, de los cuales muchos cayeron en mi cara. Y muchos otros en mi boca. Pese a también ser dulce, el sabor de este era menos frutal, aunque también me pareció delicioso.

Cuando me termine de quitar todo su esperma de la cara él me miró con picardía.

—¡Mira lo que hiciste! —dijo, aunque no pudo reprimir una risita—. Ahora dejaste también mi pene lleno de esperma ¡Límpialo!

Y sin desobedecer me puse de un solo a trabajar. Ahora la mezcla de aquellos dos sabores hacía que con cada pasada de mi lengua, esta explotara en un majar de sabores dulces y exquisitos.

Cuando terminé mi tarea mi expresión cambió radicalmente en una milésima de segundo.

—Ahora te toca a ti ser mi puta —dije muy serio.

Sólo se lo dije a Pedro porque vi que Jose se había quedado dormido a un lado del sillón.

—¿Y qué es lo que mi señor quiere que haga? —dijo esta vez él con la voz de inocencia.

Me senté en el sillón con las manos extendidas a los lados.

—Sólo ven aquí y siéntate en mis regazos —dije señalando hacia mi pene con el mentón—. Que has sido una niña muy mala y mereces castigo.

Él obedeció, primero pasó una de sus piernas sobre mí, dejando por un segundo frente a mi cara su pene, ya un flácido, rodeado por aquella melena. Luego cuidadosamente comenzó a bajar, mientras con sus manos buscaba mi pene para acomodarlo. Nos hicimos hacia adelante, casi a la orilla, para que pudiéramos entrar mejor. Cuando mi pene tocó su culo vi que también tenía bastante vello ahí. Cuando bajó un poco más sentí cómo su culo se iba abriendo ante la entrada de mi pene. Cuando ya pudo estar por completo vi la expresión de dolor que tenía en el rastro. Era la misma que hace un rato yo tenía, sólo que esta no era de tanto dolor.

—Tranquilo —le dije para calmarlo— a diferencia de ti, uno no trato tan mal a mis putas. Se podría decir que les doy amor.

Y cuando dije esta última frase atraje su rostro hacia el mío y le di un beso apasionado. No pude ver su rostro porque tenía los ojos cerrados, pero cuando sentí cómo correspondió a mi beso supe que ya no tenía la expresión de dolor. Cuando creí que ya se había acostumbrado un poco más a tener mi pene adentro comencé a dar pequeños saltos de cadera sobre el sillón. Momentos después de unos momentos en los que noté que ya no le dolía tanto agarré su peludo culo con mi manos y con ellas le indiqué que comenzara a moverse.

Seguimos así durante varios minutos más, hasta que me vine dentro de su culo. Y aunque no pude verlo, sentí cómo de mi pene salían chorros y chorros de esperma. Más de lo que jamás me había salido antes.

Y allí nos quedamos dormidos, él encimas mío, nuestros penes pegados, y nuestro labios separados después de un largo beso. A la mañana siguiente fui el primero en levantarme. Como no los quería despertar. Así que me puse mi ropa, cogí mis cosas y me marché.

Los siguientes días después de eso pasaron normalmente. Nos seguimos viendo, ninguno cambió la forma de ser con los otros y ninguno habla de lo sucedido. Pero el problema está en que yo lo quiero repetir. Y espero siento que ellos también.

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