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Si Fueras Mía 7


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Nos encontramos de nuevo, en la esquina del colegio, tal como lo habíamos acordado y al subir al auto me atrajo hacia ella para besarme.

No fuimos hasta su departamento si no rumbo a una pequeña casa bastante lejos del colegio. Casi al otro lado de la ciudad. Fueron 45 minutos de viaje, pero cada vez que un semáforo lo permitía nos entregábamos a una nueva sesión de besos hambrientos.  

—¿Aquí traes a tus novias? —pregunté saliendo del auto.

Ella sonríe y camina hacia mí.

—Ninguna de ellas ha sido hija de policías —responde con sus labios en los míos— eres la primera.

No me da tiempo de discutir, su boca se apodera de la mía con desesperación y deseo, en uno de esos besos que solo pueden darse cuando tienen la cama por escenario y nosotras seguíamos en plena vía pública.

—Marcela.

Giro el rostro para detenerla, pero ella no se aparta en lugar eso sus dientes aprietan ligeramente el lóbulo de mi oreja.

Me estremezco. ¡Por Dios ella realmente me desea!, allí mismo, en ese momento. Y yo estoy a punto de perder la voluntad, el control y muchas otras a la vista de cualquiera.

—Nos miran —susurro sin fuerzas.

Me abraza y me conduce a la casa. Sus manos tiemblan y le cuesta abrir la puerta, cuando finalmente lo consigue descubro que el sitio no es tan grande ni elegante como su departamento, pero sin duda es mejor que la mía.

No me da tiempo de hacer más observaciones. Una vez que cierra la puerta me pone contra la pared y de nuevo nuestros labios se buscan ansiosos. Allí ardiendo en el deseo mi profesora de literatura me enseña todo el catálogo de besos disponibles en el mundo. Probé besos tiernos y húmedos, apasionados y dolorosos,  mordiscos placenteros. La fuerza sobrenatural que estábamos invocando dotó de vida propia nuestras lenguas. Percibí su mano tanteando mi intimidad y yo misma frotándome contra su cuerpo.  Al recorrer mi cuello sus dedos índices y pulgares atrapaban mis pezones, dolía de esa forma que sólo te hace desear más.

No sé cuánto duró, en ese instante el tiempo era un concepto trivial que bien podía irse al carajo.

—Vamos arriba —ordena.

Subimos las escaleras retando a la suerte. Entre besos, abrazos y manoseos que hacían temblar mis piernas.

Finalmente caímos encima de la cama. Marcela apartó los cojines de un manotazo y empezó a desnudarme, intenté despojarla de su ropa pero ella escapaba de mis manos temblorosas con agilidad.

—Déjame tocarte —le suplico.

Ahoga mi petición con uno de sus besos y luego me da la mano para que me levante. Se aparta para contemplar mi cuerpo desnudo con esa mirada que parece estar estudiando una compleja ecuación.

—Eres perfecta —susurra haciéndome ruborizar.

—Ven aquí —le pido extendiendo los brazos.

Ella se acerca despacio y pone su mano en mi vientre, me estremezco al sentirla descender, sus dedos exploran mi intimidad con pericia y me es imposible contener un gemido.

—Esto es mío —susurra en mi oído.

Luego de nuevo su mano asciende y dibuja un círculo alrededor de mis pezones.

—Y esto es mío.

Sube hasta mi boca, acaricia mis labios e introduce en ella sus dedos haciéndome probar mi propio sabor.

—Esto es mío.

Ahora el viaje de su mano es en retroceso y no va muy lejos, sólo se mueve allí a la altura de mi pecho, justo donde mi corazón desesperado late como nunca antes. Consiente de no haberse sentido nunca tan vivo ni al borde de la muerte en un mismo instante.

Allí detiene su mano y me mira a los ojos.

—También es tuyo —le digo sin un ápice de duda.

Marcela se abalanza sobre mí haciéndome caer de nuevo en la cama. Mientras me besa sus manos y las mías trabajan para despojarla de su ropa.

Sentí su cuerpo desnudo sobre mí y luego ella se dedicó a besar cada centímetro de mi piel. Llegó a lugares que ni yo misma me había atrevido a tocar, se apodero de mi cuerpo a tal grado que no sólo me sentí de su propiedad, si no también parte de ella. Compartimos las mismas emociones, emociones que en Marcela despertaban pero que en mí nacían. El placer habló llenando la habitación de sonidos y de humedad. Llegué al orgasmo entre convulsiones y… fue increíble. Fue darme cuenta que en la oscuridad de mi profesora, que en ese vacío al que me había lanzado su mirada, también había vida.

Exploré de su mano un universo de sensaciones, hasta que Marcela se desmoronó encima de mí con la cabeza sobre mis pechos, respirando fuerte y sudando.

Nadie habló. Hubo tantos hechos que las palabras sonarían ridículas en ese instante. Cerré los ojos enredando mis dedos en su largo cabello rubio.

No era la mujer de mis sueños, ni la de mis pesadillas. Era la mujer de mi vida. Y al entender esto supe porque no había amado y no amaría nunca a nadie más.

Fue un breve lapso de felicidad. Ya había comprobado que la felicidad era un pecado que se pagaba caro, pero por ese momento, por esos minutos sintiendo su cuerpo desnudo sobre el mío yo estaba dispuesta a pagar con mil eternidades en el infierno.

Mi teléfono sonó. Y los latidos de Marcela que ya se habían apaciguado de nuevo aumentaron su ritmo. Pero no se movió ni yo tampoco y la llamada entró al buzón. Dos segundos después regresó el escándalo y dejamos que de nuevo el silencio llegara sólo. Insistieron una tercera vez obteniendo el mismo éxito de antes. Pero no hubo más llamadas después de esa.

—¿De quién es esta casa?

—Yo viví aquí por mucho tiempo —murmuró con voz ronca— Tranquila, te traje aquí porque es seguro. 

Ella se levantó y comenzó a buscar su ropa, me lo pensé dos veces antes de imitarla. Porque no quería irme, no tan pronto. No había atendido el móvil, si mi padre aún no sabía que yo no estaba en el colegio ahora posiblemente ya lo había investigado y también era consiente que Marcela se había retirado de su trabajo antes. Por lo tanto, volver a estar juntas, volver a repetir ese día, resultaría casi imposible.

—¿Qué vamos a hacer? —le pregunté y me acerqué a ella para besarla.

Me abrazó con fuerza.

—Tengo que localizar a mi abogado —respondió un rato después— Espero que este en el país.

Iba a alejarse pero la detuve.

—Todo va a estar bien —le prometí— Mi padre no te hará nada, yo no lo permitiré nunca.

Suspira.

—Eso no depende de ti.

—Voy a pelear —le aseguro— Yo iría a la cárcel por ti.

Me besa con ternura y sus manos me acarician despacio.

—No vuelvas a decir eso nunca —me reprende.

—Te amo.

Las palabras salen de mi boca. No es el momento ideal, ni el más romántico, pero simplemente es una verdad que ya no cabe dentro de mí. Y al decirla lejos de sentirme incomoda o muerta de vergüenza, me siento libre.

Marcela cierra los ojos y niega con la cabeza.

—No digas tonterías.

—¿Tonterías?

—Un día indudablemente te vas a enamorar y será de alguien que lo merezca. No de mí —me dice con ternura.

—¿Quién te dijo que el amor es un premio? —le suelto— El amor es un regalo, y cada quien puede dárselo a quien le plazca. Tú tienes el mío y a partir de ahora puedes hacer lo que quieras con él.

Me mira de una forma extraña, como si quisiera abrazarme pero hubiese un muro impidiéndolo.

—Sabes como soy, sabes cuantas mujeres han pasado por mi cama…

—El amor no tiene por qué ser correspondido —le suelto.

Mágicamente mis palabras derrumban ese extraño muro que la alejaba de mí y me braza con ternura, me envuelve en sus brazos, en su calor, en su perfume, en el mundo que hay dentro de ella.

—Ana.

—Marcela.

Y nos besamos. Fue algo diferente, completamente nuevo. No había pasión, ni miedo, ni desesperación. Fue como si nuestras bocas estuvieran dialogando sin hacer uso de las palabras, fue un beso en el que nos dijimos tantas cosas, donde se reveló todo el pasado, y se ofrendó todo el futuro.

Fue un beso que prometía durar para siempre y al mismo tiempo que advertía ser el último.

Llegué a casa. Estaba desierta y se respiraba demasiada calma. Eso no auguraba nada bueno. Entré a mi habitación donde había un pequeño y peludo intruso que lanzó un maullido infernal al verme y salió veloz de la recamara. No le hice mucho caso y me tumbe en la cama quedándome dormida casi al instante, tuve un sueño muy raro donde alargadas sombras se cernían sobre mí mientras yo trataba de escapar. Una canción de Pignoise me saco de la pesadilla. Al despertar supe que había dormido por mucho tiempo y que la música provenía de mi teléfono celular.

Miré el número, resultó ser Vero.

Dudé si contestarle o no. No tenía ganas de escucharla ofender a Marcela, si era capaz de decir una sola cosa en su contra podía dar por terminada una amistad de toda la vida. Aunque por otro lado estaba aliada con mis padres y contestarle tal vez me diera una pista de lo que ellos pensaban hacer en contra de mi profesora.

—¿Qué pasa? —respondo desganada y cierro los ojos.

—¿Ana? ¿Dónde estás? ¿Estás bien? ¿Qué pasó? — parece asustada.

—Vero tranquila, por Dios…

—¿Cómo te sientes?

—Joder, Estoy bien. No seas absurda, el hecho de que falte un día a la escuela no quiere decir que…

—¿Estuviste con Marcela?

—Que te importa.

—Sólo necesito saber que estás bien…

—Ya te dije que lo estoy, ahora si me disculpas quiero descansar…

—Espera Ana.

Duda un momento.

—¿Qué es lo que quieres?

—Necesito que me acompañes a un sitio.

Ahora soy yo la que dudo.

—¿Qué?

—Por favor Ana necesito que vayas conmigo, es importante para mí.

Miro el reloj, es escandalosamente tarde.

—¿No puedes esperar a mañana?

—No.

Hay una evidente suplica en su voz.

—Bien —cedí— vienes o voy.

—Esperame allí, llego en 15.

Suspiro y busco entre mi ropa, ni siquiera sé a dónde vamos pero no creo que dure mucho tiempo. Si acepte ir fue solo por ese viejo cariño que le tenía a Vero y por el sonido desesperado de su voz. Pero realmente lo que menos quería era estar fuera de casa.

Ya lista abandono mi recamara, mis padres como de costumbre no aparecen por ningún sitio. Pero ya sé dónde están así que no me preocupo. Un rato después llaman a la puerta.

Vero luce unos jeans desgastados, una blusa blanca y lleva el pelo recogido. Tras ella hay un muchacho bastante guapo que me sonríe animado, semanas atrás me hubiese derretido allí mismo con esa sonrisa.

—Me quieres decir a dónde vamos.

Pero en lugar de responder me apremian a subir al auto.

Su hermano conduce hasta un barrio oscuro de poca monta donde la única señal de vida proviene de una discoteca al fondo.

—¿Qué demonios hacemos aquí? —les reclamo asustada.

—Tienes que ver algo…

—¿Aquí? ¿Esta loca? Pueden asaltarnos o… peor.

—Solo entramos y salimos, además para que crees que traje a mi hermano.

Por un segundo intentè ver a David agarrándose a golpes con unos pandilleros, fornidos y tatuados hasta los dientes. No había manera de que el resultado de esa pelea fuera benéfico para nosotras.

—Hay que irnos.

Vero me tomó del brazo.

—Sólo camina.

Ingresamos con identificaciones falsas y después de que David tuviera una larga charla con un tipo musculoso y enorme que cuidaba la entrada

Al ingresar recibí el impacto cegador de luces color neón, que se arrastraban por todo el lugar. La música era estruendosa, era una especie de Rock pero en lugar de letras la música era acompañada por gritos y gemidos de tipo sexual. No sé podía ver mucho y era difícil caminar entre la apretazón de gente. Unos bebían, otros gritaban, algunas mujeres se paseaban por el lugar con el torso desnudo, otras más bailaban sobre las mesas sin prenda alguna, había parejas que se besaban apasionadamente y hacían otro tipo de cosas allí en medio de todos. Pero nadie parecía darse cuenta de nada. Todos estaban existiendo empleando un porcentaje mínimo de cada sentido, innegablemente drogados.

—Por Dios Verónica, no puedo estar aquí —me giré hacia ella horrorizada— ¿A dónde me trajiste?

Ella se pone de puntilla y entrecierra los ojos como si estuviera buscando a alguien.

—Dos minutos.

Continua su búsqueda exhaustiva, estoy a punto de decirle que paso de estar allí un segundo más cuando parece encontrar lo que tanto quería y me agarra del brazo para llevarme hasta allí.

—Ahí la tienes —espeta y se cruza de brazos.

No entiendo exactamente de que está hablando. Hay mucha gente bailando en medio, hay mesas con personas que beben y gritan. Alguien encendió la máquina de humo y todo de pronto parece un sueño.

La miro.

No, un sueño no, una pesadilla.

Allí esta.

Esa mañana hicimos el amor, esa mañana le dije que mi corazón era suyo, que iría a la cárcel por ella. Que la amaba.

Había mujeres a su alrededor, un par bailaba sobre la mesa, otras más fumaban sabrá Dios que porquerías, y Marcela estaba entre dos chicas no mayores que yo en un intercambio nauseabundo de besos apasionados.

Algo se desplomo en alguna parte de mi alma. Lo sentí caer, vacío, frio, inevitablemente muerto.

—¿Dónde vas?

Vero me tomo del hombro.

—Tengo que hablar con ella.

Sus dedos seguían aferrados a mí.

—¡Mírala! —me regaña— ¿De qué van a hablar? ¡Está drogada!

Me libero de la mano de Vero de un tirón y me acerco a la mesa de mi profesora de literatura.

De pronto quiero vomitar.

Las luces, el humo, el escandalo… todo eso es una distracción. Las mujeres sobre la mesa, las que fuman, incluso las que besan a mi Marcela. No están ni remotamente cerca de tener  mi edad. Miro con más atención a mí alrededor. Hay otros hombres y mujeres, elegantemente vestidos y que disfrutan de las caricias de esas niñas. Porque no pueden ser más que eso, niñas, el exagerado maquillaje en sus caras y la forma en la que contorsionan sus cuerpos desnudos en sensuales movimientos las disfrazan para quienes las miran de lejos, ahora yo estaba lo suficientemente cerca de ellas como para querer vomitar y matar a golpes a Marcela Navarro.

Me acerco más, aparto a una de las chicas que ella besa, esta parece una débil hoja que responde de inmediato a mis órdenes. Fue entrenada para eso, para no oponer resistencia, para obedecer, para complacer. Está ebria, drogada y tiene la mirada muerta.

Finalmente me encuentro cara a cara con Marcela Navarro.

Ella me mira como si tratara de reconocerme.

Rodea mi cuello con sus brazos y se aproxima. Percibo su  nauseabundo aliento alcohólico, se acerca aún más y la punta de su lengua moja mis labios buscando adentrarse en mi boca…

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