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Anita de tus deseos (capitulo 3)


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Me zarandeó suavemente. Abrí los ojos y le vi sentado a mi lado en la penumbra de la habitación.

—¿Qué pasa? —pregunté con dificultad.

—Quiero que te levantes, —esa orden taxativa, a pesar de ser pronunciada con su modulada voz, sonó en mi cerebro cómo un trallazo. Inmediatamente me incorporé, eso sí, agarrándome a su brazo.

—¿Qué hora es? —me sentía cansada a pesar de no saber cuántas horas había estado durmiendo.

—Las once, —al oírlo me dejé caer de nuevo sobre la cama mientras mi padre sonreía.

—Es muy pronto, —me quejé.

—Hoy tenemos muchas cosas que hacer, y ten en cuenta que mañana tengo que madrugar. Eso quiere decir que no vamos a trasnochar cómo las noches anteriores.

—¡Jo! —me incorporé otra vez, y salí de la cama un poco tambaleante. Papá ya había salido de la habitación, y cuándo bajé al salón me lo encontré sentado en el sillón.

—Ven aquí, —ordenó. Me sorprendió el tono tajante de su orden. Me arrodilló de espaldas a él, me colocó unas muñequeras de cuero y las unió con un mosquetón por la espalda. Me giró, me sujetó la cabeza con ambas manos y me beso profundamente en la boca. Después, me hizo inclinar hasta que me metió la polla por la boca. Se la estuve chupando un rato largo. De vez en cuando, me la sacaba y me obligaba a chuparle el ano. Mi lengua pugnaba por abrirse paso por un lugar tan estrecho infructuosamente. Tardó mucho en correrse, pero al final lo hizo y cómo ya sería una norma en mi vida, me lo tragué con placer. Le noté un poco más agresivo que los días anteriores.

—Ese ha sido tu desayuno, —dijo mientras se ponía un pantalón de deporte. Me ayudo a levantarme porque seguía con las manos a la espalda y me colocó la mordaza de bola. A continuación, me puso un collar ancho de cuero y una cadena.

—Ya podemos ir de paseo, —dijo mientras cogía una cámara de video pequeña. Le miré con ojos de pánico, pero se echó a reír y tirando de la cadena me llevó a la puerta de atrás, la de la cocina. La abrió y salió al exterior mientras yo no hacía más que mirar a las ventanas de los chales vecinos. Por fortuna la valla era alta y desde la calle no me veía nadie. Tirando de la cadena recorrimos el patio varias veces mientras él me gravaba con la cámara de video. Según andábamos me iba poniendo más cachonda, sobre todo cuando oí nítidamente la conversación de unas personas que pasaban al otro lado, por la calle. Entonces mi padre se paró junto al frutal que tenemos en el jardín y sujetó la cadena a un clavo del que no tenía ni idea que estuviera allí.

—Separa las piernas, —ordenó, y cómo vio que no las separaba lo suficiente, me dio con la palma de la mano en la parte interior del muslo—. ¡Que las abras más!

Las separé totalmente. Papa me agarró del pelo con una mano y con la otra comenzó a sobarme frenéticamente el chocho.

—Ahora te vas a correr en mi mano, —dijo mientras el furor se adueñaba de mí. De vez en cuando dejaba de sobarme y directamente me pellizcaba el clítoris. Siguió insistiendo hasta que me corrí en su mano tal y cómo me había anunciado. Me quitó la mordaza y dejó gotear los jugos de la mano en mi boca. Luego me introdujo los dedos para que se los limpiara. Me colocó nuevamente la bola y tirando de la cadena regresamos al interior de la casa.

De nuevo en el salón, papa conectó la cámara a la tele, se sentó en el sillón y yo me coloqué de rodillas entre sus piernas y apoyé la cabeza en su regazo. Complacido me acariciaba la cabeza mientras repetía muy bajito: «buena chica» y «lo has hecho muy bien».

—Vamos a ver cómo te has corrido en mi mano, —dijo papá cogiendo el mando de la tele. Desde mi posición, con la cabeza sobre el regazo de mi padre vi cómo me sacaba tirando de la cadena, cómo me paseaba por el jardín y cómo finalmente metía la mano en mi entrepierna y cómo que corría cómo una perra. Según pasaban las imágenes, una punzada de placer se instalaba en mi chocho e instintivamente comencé a rozar con la cara la bragueta de papa. Él sonreía complacido. Se inclinó y empezó a mover el plug. Después, con la otra mano comprobó que mi vagina comenzaba a estar húmeda de nuevo. Empecé a jadear y mientras papa aumentaba la estimulación yo lo hacía más. Entonces, de improviso, me dio un fuerte azote en el trasero que sonó nítido en toda la casa. Solté una mezcla de chillido y gemido que incluso a mí me sorprendió. Después del azote, papá me acarició la enrojecida nalga mientras yo seguía frotando su entrepierna con la cara. Llegó otro azote, y luego otro. Me quitó la mordaza, se sacó la polla, me la ofreció y la atrapé con la boca instantáneamente mientras una oleada de placer me recorría de arriba abajo. Finalmente, se levantó del sillón y seguí chupando de rodillas hasta que considero que ya era suficiente. No se corrió, pero sé que conseguía un placer indescriptible con la imagen suprema de la sumisión femenina, de la definitiva degradación de mi voluntad. Desde la altura me veía, arrodillada, atada, con las nalgas enrojecidas, una cosa metida por el culo y chupándole la polla mientras mis jugos resbalaban incontrolables por el interior de mis muslos. Definitivamente supo que me tenía controlada y le pertenecía.

Dije que quería ir al baño. pero se negó. Me colocó de nuevo la mordaza y me dejó tirada en el suelo, en medio del salón babeando. Entró en la cocina y estuvo trajinando preparando la comida. Estuve aguantando todo lo que pude, pero al final no pude impedir que se me escapara un poco de orina. También me estaba cagando, y si no hubiera sido por el plug, no lo hubiera podido evitar.

Cuándo mi padre salió de la cocina me encontró con una pequeña mancha de orina en la alfombra y una gran mancha de babas. Me incorporó haciéndome sentarme sobre el plug. Me quejé un poco mientras me abrazaba y se mojaba con los hilillos de babas que caían de mi boca.

—Tranquila mi amor. No te preocupes: ya lo limpiaras, —me dijo mientras me acariciaba. Yo agradecía sus caricias y le miraba cómo hipnotizada. En mi mente se empezaba a alojar definitivamente su figura cómo mi referente único y absoluto—. Vamos al baño que tienes que asearte antes de comer.

Me ayudó a levantarme y vi cómo hurgaba en la caja de los juguetes antes de agarrarme por el brazo y subir al aseo. Me quitó las muñequeras de cuero y el collar de perro y lo sustituyó por una cadena de eslabones de acero. Después me puso unas esposas por detrás de la cabeza y las unió a la cadena con un mosquetón.

—¿Quieres cagar? —afirmé frenéticamente con la cabeza. Sonrió y me hizo sentarme en la taza. Se arrodilló a mi lado, me rodeó el cuerpo con su brazo izquierdo y con la mano derecha sujetó el plug. Empezó a moverlo, a sacarlo un poco y a meterlo mientras meaba, y así estuvo un rato. Yo me quería morir: al dolor del vientre se unía ahora el intenso placer que sentía. Finalmente, sacó el plug de golpe y toda la mierda salió disparada cómo un cañonazo en medio de algo parecido a un nuevo orgasmo. Papa me masajeaba en vientre para ayudarme a soltarlo todo. Las babas de mi boca llegaban al suelo en hilillos interminables. Jadeante, me recosté sobre su pecho agradecida, humillada y feliz, mientras me besaba el pelo. Es así, lo reconozco y no me importa: me da igual. Babeando, humillada, atada, sucia y cagada, y sentía un enorme agradecimiento al hombre que había provocado mi situación pero que al mismo tiempo me había provocado un inmenso placer. «Voy a tener que empezar a leer libros de psicología» pensé.

Cogió un poco de papel y me limpió el culo. Después, me llevó a la ducha y entramos juntos. Me quitó la mordaza, pero me mantuvo con las manos esposadas por detrás de la cabeza, y me estuvo enjabonando todo el cuerpo concienzudamente. Me mantenía en pie a pesar de estar muy cansada y papa lo sabía y mantenía un contacto físico permanente conmigo. Según me lavaba, me buscaba la boca con sus labios y la encontraba receptiva. Cuándo terminamos, salimos de la ducha, nos secamos y bajamos al salón. Se puso unos pantalones y me quito las esposas y el collar metálico. Pusimos la mesa y nos sentamos a comer.

Papa había preparado una ensalada de pasta y había abierto una lata grande de piña al natural. En esta ocasión, para beber abrió una botella de vino blanco y me sirvió una copa. Comimos en silencio, viendo las noticias de la tele y cuándo terminamos recogimos.

—¿Quieres una copa de algo? —preguntó antes de sentarnos en el sofá.

—Me tomaría otra copa de vino blanco. Está muy bueno.

—Eso está hecho: a mí también me gusta el verdejo, —sacó otras dos copas de la alacena y una funda térmica para mantener fría la botella y sentándose a mi lado las llenó.

—¿Cómo ha salido lo de ayer?

—¿A qué te refieres?

—A la estadística.

—¡Ah! Eso. Pues muy bien.

—¡Jo! Papa, dime algo más, —se echó a reír mientras me cogía la mano y me la besaba.

—Pues he confirmado definitivamente lo que ya imaginaba: eres multiorgásmica cómo tu madre.

—Y ¿desde cuándo lo sabias?

—Mujer, hay detalles que delatan a una multiorgásmica, lo que pasa es que, en general, los tíos van a lo suyo y se asustan con estás cosas y procuran ignorarlas.

—¿Sí?

—Si hija. A los tíos lo que les gusta es que se la chupes un poco, te follan cómo los conejos y se van a fumar o a jugar a la “Play”, o a las dos cosas a la vez.

—Pues tú no.

—¡Nos ha jodido! No fumo. Además, son muchos años de experiencia, principalmente con tu madre, pero también con una novia que tuve antes.

—¡Ah! ¿Sí? ¿Tuviste una novia antes que mama?

—Sí. Era una gilipollas y estaba a punto de mandarla a tomar por el culo cuándo se fue con otro igual de gilipollas que ella. En fin: me hizo un favor.

—¿Lo sabía mama?

—Por supuesto: yo no tenía secretos con tu madre.

—Y ¿conmigo los vas a tener?

—Claro que no. ¿Y tú?

—Tampoco: te lo prometo. Pero, dime cómo ha quedado la estadística.

—Antes quiero decirte una cosa más: no te imaginas lo afortunada que eres, —fui a decir algo, pero papá levantó el dedo y no dije nada—. Tienes un don maravilloso, porque lo tienes en su justa medida y me tienes a mí. Me explico: hay mujeres para las que esto es un problema y muy gordo. Las hay que llegan al orgasmo 200 o 300 veces al día: no pueden estar cerca de nada que vibre, cómo el móvil, la lavadora…

—¡No jodas!

—…o el coche. Otras tienen tu mismo don y no se enteran porque dan con tíos demasiado egoístas que no miran por ellas. Tú puedes hacer una vida normal y corriente, pero eres capaz de responder rápidamente a un estímulo sexual. Es decir: tienes un don que no te imposibilita, te complementa. Cómo le ocurrió a tu madre, en mis manos te aseguro que vas a disfrutar cómo una perra.

—Vale.

—Y ahora la estadística, —añadió riendo mientras servía un poco más de vino—. Estuviste sobre la mesa dos horas y diez minutos.

—¿Tanto? ¡Joder! Pues se me pasó volando.

—Tuviste 15 orgasmos…

—¡Hala!

—…y sacaste un promedio de uno cada ocho minutos y medio. Bueno los tres últimos los tuviste casi seguidos, pero da igual, sin esos estaríamos en un promedio de uno cada nueve minutos y pico.

—¿Y respecto a mama?

—A eso iba. Si me lo proponía tu madre llegaba a uno cada diez minutos. En cambio, a ti no te he forzado mucho, ni quiero.

—¿Por qué no papá? Hazme lo que quieras.

—No, no: esto no es una competición mi amor, —dijo papá riendo—. ¿Qué sabes de los orgasmos?

—¿Qué molan? —respondí haciéndome la graciosa porque la verdad es que no tenía ni puta idea: las monjas no nos enseñaban esas cosas.

—Pues mira, un orgasmo consta de cuatro fases: excitación, meseta, orgasmo y resolución. Cada una de esas fases requiere su tiempo, y en unas mujeres es más y en otras es menos. En tu caso, ayer, hacías el recorrido por todas las fases en ocho o nueve minutos, pero ten en cuenta que solo la última fase, requiere al menos unos cuatro a cinco minutos, por lo tanto, hacías las otras tres fases en el mismo tiempo.

—¿Y esa fase para qué es?

—¿Resolución? Es el paso del final del orgasmo al comienzo de un nuevo ciclo con la excitación.

—¡Joder! Papá, sí que sabes de estas cosas.

—Todo lo que tenía que ver con tu madre me interesaba, y ahora, contigo, igual. Solo una cosa más. Me has dicho en un par de ocasiones que te encontrabas cansada. Es normal porque no estás acostumbrada: te iras habituando. Un orgasmo gasta mucha energía, muchos orgasmos gastan muchísima energía.

—¿Por eso quieres que haga deporte?

—Así es, y que controles el peso. Bueno esto último, también es porque me gustan las chicas muy delgadas.

El vino se había acabado y me notaba un pelín eufórica. Papá me tumbó bocarriba sobre sus piernas y empezó a pasar sus dedos sobre mi torso cómo si fuera el teclado de un piano. Mi respiración se hizo más profunda, y por la posición, expandía la caja torácica marcando las costillas. Noté que a papá le gustaban porque estuvo mucho tiempo pasando las manos por ellas y por mis tetas. La mano derecha fue descendiendo muy lentamente y la certeza de cual era su destino me excitó muchísimo. Finalmente llegó y mi cuerpo se arqueó más. Con el dedo medio estimulo el clítoris y cuándo notó que estaba a punto, paso el brazo izquierdo por debajo y me incorporó. A pocos centímetros de su rostro, alcance el orgasmo bajo la atenta mirada de mi padre satisfecho con mis gritos y jadeos. Mientras entraba en la fase de resolución, me atrajo hacia su pecho y me mantuvo ahí mientras me acariciaba el trasero.

Tengo que reconocer que mi padre está cachas. Cuándo me tranquilicé, se levantó del sofá conmigo en brazos y me llevó al dormitorio cómo quien lleva una pluma. Y no es pasión de hija: ¡joder! Que tiene 53 años y marca abdominales.

Me depositó sobre la cama con mucha suavidad, se quitó el pantalón y se tumbó a mi lado. Rápidamente apoyé la cabeza sobre su brazo y le pasé una pierna por encima. Buscó mis labios y los encontró mientras le agarraba la polla. Mi excitación iba en aumento consciente de lo que iba a ocurrir. Intenté ponerme encima pero no me dejó y continuamos en la misma posición mientras pasaba su mano por mi muslo y continuaba explorando mi boca. Notaba su polla tremendamente gorda con todas las venas marcadas en mi mano, creo que incluso más de lo normal hasta ese momento. Metió la mano entre mis piernas y alcanzo con facilidad mi vagina. Me estuvo estimulando hasta que empecé a gemir, entonces alargó la mano hasta la mesilla y cogió un tubo de lubricante. Me colocó bocarriba y se arrodilló entre mis piernas mientras con la mano se lubricaba la polla detenidamente. Después me echo un chorro en la vagina y se tumbó sobre mí. Pasó lo brazos por debajo, mientras con la polla me frotaba el exterior de la vagina y mis piernas le abrazaban. Cuándo consideró que era el momento, colocó la punta en la entrada de mi vagina y en ese momento yo creí que me moría. Mis jadeos y gemidos se hicieron más patentes mientras con mucha delicadeza mi padre empezó a presionan poco a poco hasta que gracias al lubricante fue entrando sin dificultad. No me dolió casi nada, seguramente a causa de la brutal excitación, además, llegué al orgasmo rápidamente mientras chillaba cómo una demente. Impasible, mi padre continúo bombeando hasta que llegué a otro al mismo tiempo que él se corría. El también chilló mientras sus movimientos de pelvis se descontrolaban con la eyaculación. Me mantuvo penetrada unos minutos mientras me cubría de besos y sus brazos me mantenían apresada. De vez en cuando, apretaba su pelvis y profundizaba un poco en la penetración arrancándome pequeños gemidos. Para mi desolación, notaba también cómo su polla perdía firmeza en el interior de mi vagina, pero en el fondo me daba igual, le había hecho gritar y eso me hacía muy feliz.

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